imagen tomada de animalshealth.es
Por primera vez en miles de años, estamos observando algo extraordinario: una especie en pleno proceso de domesticación a simple vista. Y no se trata de perros, gatos ni animales de granja, sino de los mapaches, esos peludos que en varias zonas de Estados Unidos ya son protagonistas de un auténtico caos urbano.
En muchas ciudades, los mapaches han dejado de ser simpáticos visitantes nocturnos para convertirse en una verdadera pesadilla: invaden casas, son agresivos, transmiten enfermedades y se multiplican sin control gracias a una interminable fuente de alimento: nuestra basura.
Pero, al mismo tiempo, ocurre algo fascinante.
Un estudio reciente analizó más de 20,000 fotografías de mapaches urbanos y rurales, y encontró algo sorprendente:
Su hocico se está haciendo más corto, un cambio físico similar al que se observó en los primeros gatos y perros domesticados.
Además, muestran menos respuestas de huida o agresión, lo que indica que se sienten más cómodos cerca de los humanos.
Los investigadores sugieren que estos cambios no provienen de que “mapaches bonitos reciban más comida”, sino de un sistema que los obliga a adaptarse.
La basura humana es tanta, tan accesible y tan constante que se ha convertido en una condición evolutiva: solo prosperan aquellos animales lo suficientemente audaces para acercarse… pero no tan agresivos como para generar conflicto inmediato.
Según los científicos, la domesticación de los mapaches se debe menos a la interacción directa con humanos y más a un entorno creado por nosotros.
Para sobrevivir entre contenedores, calles y patios, los animales han ido desarrollando comportamientos más “amables” y características físicas que facilitan su vida en la ciudad.
Esto encaja con lo que sabemos de la domesticación: orejas caídas, hocicos más cortos, cambios en la pigmentación, menor tamaño del cerebro.
Rasgos que aparecen una y otra vez en animales con miles de años de convivencia humana.
El caso de los mapaches cambia por completo la narrativa clásica.
Durante siglos creímos que los humanos domesticaban animales capturándolos o entrenándolos.
Pero este fenómeno apunta a que muchas veces es al revés:
Los animales se adaptan a los espacios humanos antes incluso de que nosotros intentemos “domesticarlos”.
En pocas palabras: pensábamos que domesticábamos la naturaleza… pero la naturaleza también nos ha estado domesticando a nosotros.
Una historia fascinante que se sigue escribiendo cada noche, entre botes de basura y ojos brillantes en la oscuridad.
Con información de Xataka.
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