El cambio climático transforma la vegetación antártica
La Antártida concentra cerca del 70% del agua dulce del planeta, pero también es el continente más seco. En promedio, recibe apenas 160 milímetros de nieve al año y la mayor parte permanece congelada. Sin embargo, el aumento de las temperaturas ya provoca lluvias incluso durante el invierno y modifica las condiciones que permitieron a musgos, líquenes y otras formas de vida sobrevivir durante millones de años.
La transformación no significa que el continente vaya a cubrirse rápidamente de vegetación. No obstante, el deshielo, la aparición de más agua líquida y la expansión de plantas invasoras están alterando uno de los ecosistemas más lentos y delicados del planeta.
La flora terrestre nativa incluye únicamente dos especies de plantas, alrededor de un centenar de musgos y unos 400 líquenes. A ellos se suman más de 100 especies invasoras introducidas por la actividad humana y favorecidas por el cambio climático. El césped común, por ejemplo, ya se estableció en las islas Georgias del Sur y Shetland del Sur, además de avanzar por la península antártica.
Los musgos y líquenes poseen una extraordinaria capacidad de resistencia. Pueden perder prácticamente toda el agua de su interior, permanecer congelados y en completa oscuridad durante meses, y reactivar la fotosíntesis pocos minutos después de recibir humedad.
Sin embargo, esa resistencia no los convierte en buenos competidores. Aunque soportan condiciones extremas, crecen con mucha lentitud y tienen dificultades para enfrentar a las plantas vasculares, capaces de aprovechar con mayor rapidez el aumento de las temperaturas y la disponibilidad de agua.
La vegetación fotosintética ocupa solo unos 44 kilómetros cuadrados de los más de 14 millones que conforman el continente. Se trata de aproximadamente el 0.12% del territorio, pero precisamente en esos espacios libres de hielo ocurren cambios ecológicos importantes.
Cuando un glaciar retrocede, deja una superficie granulosa similar a la arena. Las algas y cianobacterias son las primeras en colonizarla. A medida que crecen y mueren, generan materia orgánica que permite el establecimiento de musgos y, posteriormente, de líquenes.
Con el paso de las décadas, estas especies forman costras biológicas capaces de retener agua y crear condiciones favorables para la llegada de semillas. Sin embargo, las plantas invasoras pueden aprovechar este terreno y desplazar a los organismos que realizaron el proceso inicial de colonización.
Los científicos prevén que dentro de 20 o 30 años el territorio continuará dominado por musgos y líquenes, aunque probablemente será más verde. La oscuridad permanente del invierno limitará la expansión vegetal, pero no eliminará el riesgo. El primer mapa completo de la vegetación antártica permitirá vigilar estos cambios y proteger formas de vida especialmente vulnerables.
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