Los microplásticos ya no están solo en los océanos o en las ciudades. Ahora también llegan a los bosques… y lo hacen desde el aire.
Un estudio realizado por investigadores en Alemania revela que estas diminutas partículas viajan por la atmósfera y terminan depositándose en ecosistemas forestales, donde pueden permanecer durante décadas.
Lo más inquietante no es solo su presencia, sino la forma silenciosa en la que se acumulan.
Cómo llegan los microplásticos a los bosques
El proceso comienza en el aire. Los microplásticos, transportados por corrientes atmosféricas, caen sobre las copas de los árboles. Ahí entra en juego el llamado “efecto peine”: las hojas funcionan como un filtro natural que atrapa estas partículas.
A partir de ahí, la naturaleza hace el resto. La lluvia, el viento y la caída de hojas arrastran los microplásticos hacia el suelo sin necesidad de intervención humana. Este ciclo ocurre de manera constante, casi imperceptible.
Una vez en el suelo, las partículas no desaparecen. Se concentran principalmente en la hojarasca, esa capa superficial de hojas en descomposición, donde se detectan los niveles más altos.
Microplásticos: acumulación silenciosa bajo tierra
El problema no se queda en la superficie. Con el tiempo, los microplásticos se integran en capas más profundas del suelo gracias a la actividad de hongos, bacterias e invertebrados.
Esto convierte a los bosques en verdaderos “sumideros” de microplásticos: no eliminan la contaminación, la almacenan. Y lo han estado haciendo desde la década de 1950, coincidiendo con el auge global del uso de plásticos.
Además, los investigadores destacan que los bosques pueden funcionar como indicadores de contaminación atmosférica. Es decir, la presencia de microplásticos no siempre proviene de fuentes cercanas, sino de partículas que han viajado largas distancias.
Este fenómeno añade presión a ecosistemas ya vulnerables. Los microplásticos pueden alterar la estructura del suelo, afectar la retención de agua e incluso interferir en procesos biológicos clave.
Y hay un dato que inquieta aún más: si estas partículas están en el aire que llega a los bosques, también están en el aire que respiramos.