La Amazonía atraviesa uno de los momentos más críticos de su historia reciente.
Entre 2023 y 2024, la selva registró la sequía más severa en más de tres décadas, encendiendo alertas entre científicos por sus consecuencias a nivel global.
Los datos muestran una caída sin precedentes en la humedad y la biomasa forestal, es decir, toda la vegetación viva que permite a este ecosistema cumplir su función clave en el planeta.
Amazonía pierde capacidad para regular el clima
La Amazonía es uno de los principales “pulmones” del mundo, ya que absorbe grandes cantidades de dióxido de carbono (CO₂).
Sin embargo, la sequía ha reducido su capacidad para retener este gas, lo que podría acelerar el calentamiento global.
Según investigaciones recientes, el 26.8% de la selva alcanzó sus niveles más bajos de humedad y vegetación en 30 años. Para ponerlo en perspectiva, en la sequía de 2005 solo el 11% del territorio presentó condiciones similares.
Este cambio no solo es preocupante por su magnitud, sino porque altera el equilibrio natural del ecosistema, dificultando su recuperación.
Presión por sequías cada vez más frecuentes
Para entender mejor lo que está ocurriendo, los científicos utilizaron tecnología de radar de microondas, capaz de atravesar las nubes y medir la humedad interna de los árboles. Esto permitió obtener una visión más precisa del estado real del bosque.
Los resultados no son alentadores. Los modelos indican que la recuperación tras esta sequía será la más baja desde 1992.
Además, el problema podría empeorar. Antes, estos eventos extremos ocurrían aproximadamente cada siete años, pero ahora son más frecuentes, dejando menos tiempo al ecosistema para regenerarse.
Algunas zonas muestran mayor resistencia, especialmente aquellas con árboles más pequeños o suelos arenosos, pero representan solo una pequeña parte de la selva.
Lo que ocurre en la Amazonía no es un problema aislado: es una señal clara de cómo el cambio climático está transformando uno de los ecosistemas más importantes del planeta.