En África existen montañas que funcionan como verdaderas islas, aunque no estén rodeadas de mar. Son conocidas como islas en el cielo y forman parte del Archipiélago montano del sudeste de África, o SEAMA, una región compuesta por 30 montes aislados llamados inselberg, coronados por bosques que han permanecido separados del resto del continente durante millones de años.
Estos ecosistemas únicos han despertado un enorme interés científico, ya que conservan restos vivos de antiguos bosques africanos.
Sin embargo, un estudio publicado en la revista Nature advierte que estas “islas” están en peligro: desde el año 2000, SEAMA ha perdido en promedio el 18 % de su cobertura forestal, y en algunas zonas la reducción alcanza hasta el 43 %.
Islas en el cielo: refugios de vida irrepetible
El origen de estos ecosistemas se remonta a hace unos 30 millones de años, cuando gran parte de África estaba cubierta por selvas densas.
Con el paso del tiempo, el clima se volvió más seco y frío, y esos bosques se transformaron en extensas planicies de hierbas y arbustos.
Los inselberg lograron resistir gracias a su forma y altura. El aire cálido asciende al chocar con estas montañas, se enfría y provoca lluvias más frecuentes que en las tierras bajas.
Gracias a este fenómeno, pequeños fragmentos de los antiguos bosques quedaron “atrapados” en lo alto, aislados del resto del paisaje.
Este aislamiento permitió la aparición de especies exclusivas.
Hasta ahora se han identificado 127 plantas únicas, 45 especies de vertebrados incluidos anfibios, reptiles, aves y mamíferos y 45 invertebrados. Incluso existen dos géneros completos, uno de plantas y otro de reptiles, que no existen en ningún otro lugar del planeta.
Un equilibrio frágil bajo amenaza constante
Aunque las cumbres concentran la mayor biodiversidad, el ecosistema depende también de su entorno.
SEAMA abarca cerca de 10 millones de hectáreas, pero los inselberg ocupan apenas 336 mil. Si la vegetación que los rodea desaparece, todo el sistema puede colapsar.
La principal amenaza actual es el fuego, cada vez más frecuente debido a cambios en las prácticas agrícolas.
Aunque los incendios suelen afectar zonas periféricas, sus consecuencias son profundas: el suelo pierde nutrientes y humedad, los árboles mueren sin ser reemplazados y los animales abandonan la zona. Con el tiempo, el bosque se reduce y el daño se repite en un efecto dominó.
Ante este panorama, los investigadores piden a los gobiernos locales proteger áreas clave y ampliar las reservas forestales, como ya se ha hecho en países como Tanzania. Al mismo tiempo, subrayan la necesidad de impulsar prácticas agrícolas más sostenibles en Malawi y Mozambique, donde millones de personas dependen de la tierra para sobrevivir.
Si se logra ese equilibrio, las islas en el cielo podrían seguir siendo, durante miles de años, uno de los laboratorios naturales más valiosos para entender cómo la vida se adapta y resiste en un planeta en constante cambio.
Con información de National Geographic.