imagen tomada de ricardomedinao.wordpress.com
Las tortugas Galápagos no solo son un símbolo de la teoría de la evolución asociada a Charles Darwin.
También son piezas fundamentales para el equilibrio ecológico del archipiélago ecuatoriano.
Sin embargo, a finales del siglo XX, su supervivencia comenzó a estar en riesgo por una amenaza inesperada: la proliferación descontrolada de mamíferos introducidos.
La situación obligó a las autoridades científicas a dejar atrás las estrategias tradicionales de conservación y apostar por un plan tan extremo como efectivo. Así nació uno de los proyectos ambientales más debatidos de las últimas décadas.
El llamado Proyecto Isabela, impulsado por la Fundación Charles Darwin y la Dirección del Parque Nacional Galápagos, surgió tras constatar que las acciones parciales no estaban funcionando. El estudio que analizó estas medidas fue publicado en PLOS One.
El problema tenía raíces históricas. Cabras introducidas entre los siglos XVI y XVII se multiplicaron sin control. En islas como Isabela, Santiago y Pinta llegaron a contarse por decenas de miles.
Su impacto fue devastador: arrasaron bosques, eliminaron zonas de sombra y redujeron fuentes de agua, elementos esenciales para la supervivencia de las tortugas gigantes, especialmente en la temporada seca.
Ante este escenario, la meta fue clara: erradicar cabras, cerdos y burros ferales para restaurar el ecosistema y frenar el deterioro del hábitat.
Una de las decisiones más controvertidas fue recurrir a la caza aérea. Equipos especializados, incluidos profesionales de Nueva Zelanda, utilizaron helicópteros y francotiradores para eliminar grandes grupos de cabras en zonas inaccesibles.
La estrategia fue rápida y efectiva: en los primeros meses se logró eliminar hasta el 90% de la población en algunas islas. La velocidad era clave para evitar que los animales se dispersaran y recolonizaran áreas ya intervenidas.
Cuando los números disminuyeron, surgió un nuevo reto. Las cabras restantes aprendieron a esconderse. Fue entonces cuando entraron en acción las llamadas “cabras Judas”.
Estas hembras eran capturadas, esterilizadas y equipadas con collares GPS. Tras liberarlas, su comportamiento social las llevaba a buscar otros individuos. Los equipos seguían la señal para localizar a los últimos ejemplares invasores. El proceso se repetía sistemáticamente, dejando con vida a la cabra rastreadora para continuar la búsqueda.
Gracias a esta técnica, utilizada en cientos de animales, se logró completar la erradicación, algo que habría sido casi imposible con métodos convencionales.
Entre 1997 y 2006 se eliminaron más de 150.000 cabras, además de cerdos y burros ferales. Las islas intervenidas fueron declaradas libres de grandes mamíferos introducidos y comenzaron a mostrar signos claros de recuperación.
La vegetación volvió a crecer, reaparecieron especies endémicas y se restauraron áreas clave para la alimentación y reproducción de las tortugas Galápagos.
El Proyecto Isabela se convirtió en un referente mundial de restauración ecológica en islas. También abrió un debate inevitable: la supervivencia de una especie emblemática no dependió únicamente de la naturaleza, sino de decisiones humanas, planificadas y, en muchos casos, letales para otras especies.
Hoy, este modelo se estudia como ejemplo para enfrentar uno de los mayores desafíos de la biodiversidad global: las especies invasoras.
Con información de Ok diario.
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