Ambiente

Darwin, tenemos un problema: la evolución no siempre avanza al mismo ritmo

Desde que Charles Darwin publicó El origen de las especies, uno de los mayores misterios de la biología ha sido la aparición repentina de la vida compleja en la Tierra. Hace unos 540 millones de años, durante la llamada explosión cámbrica, surgieron de forma aparentemente abrupta organismos muy distintos entre sí, desde artrópodos primitivos hasta ancestros de estrellas y esponjas marinas.

Durante décadas, los científicos aceptaron que existía una brecha difícil de explicar entre los datos genéticos y el registro fósil.

Sin embargo, una nueva investigación podría cambiar esta visión. Un estudio reciente publicado en la revista Systematic Biology, liderado por el paleontólogo Graham Budd y el matemático Richard Mann, propone que el llamado reloj de la evolución no siempre avanza a la misma velocidad.

El reloj molecular, utilizado para calcular el tiempo evolutivo a partir de mutaciones genéticas, se ha considerado tradicionalmente constante, como un metrónomo biológico.

Pero al aplicarlo a los orígenes de la vida compleja, los cálculos indicaban que estos organismos deberían haber aparecido hace unos 570 millones de años, unos 30 millones de años antes de los fósiles más antiguos conocidos.

Para explicar esta diferencia, muchos expertos asumieron que existieron numerosas especies que no dejaron rastro fósil. La nueva teoría, en cambio, apunta a otro problema: la calibración del propio reloj molecular.

Según Budd y Mann, cuando surge un nuevo grupo de organismos, la evolución puede acelerarse durante los primeros millones de años.

En esos periodos clave, las mutaciones se acumulan más rápido, provocando cambios físicos notables en menos tiempo.

Esto permitiría que la diversidad de formas de vida se expandiera con gran rapidez, sin necesidad de imaginar millones de años de especies invisibles para el registro fósil.

Este ajuste en la forma de medir el tiempo evolutivo ayuda a que los datos genéticos encajen mejor con los fósiles encontrados en distintas partes del mundo. Además, podría tener consecuencias importantes para otros debates científicos, como el origen de las plantas con flores o la evolución de los primates.

Si este modelo se confirma, la historia natural no estaría llena de largos periodos ocultos, sino de momentos de evolución acelerada que dejaron huellas claras en las rocas, pero no en los cálculos tradicionales. Una idea que obliga a replantear cómo entendemos el ritmo de la vida en la Tierra.

Con información de National Geographic.

Regina Yebra Domínguez

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