Los manglares de Ecuador continúan bajo presión pese a que las grandes transformaciones de estos ecosistemas comenzaron hace décadas. Comunidades costeras y científicos advierten que la tala, las alteraciones del flujo de las mareas y las descargas procedentes de la acuicultura siguen degradando áreas esenciales para la biodiversidad y la pesca artesanal.
La expansión camaronera transformó profundamente la costa ecuatoriana. Entre 1969 y 1999, el país perdió aproximadamente 43% de su cobertura de manglar. Actualmente, la superficie destinada a la acuicultura casi duplica la ocupada por estos bosques.
Esta presión coincide con el crecimiento económico del camarón. Sus exportaciones casi se cuadruplicaron durante la última década y los envíos hacia Europa se quintuplicaron. Además, el producto llegó a superar al petróleo como principal exportación del país.
Ecuador mantiene pérdidas recientes de bosques de manglar
La destrucción no pertenece únicamente al pasado. Un estudio publicado en 2024 en Journal of Geovisualization and Spatial Analysis utilizó herramientas de monitoreo con Google Earth y encontró que más de 2,900 hectáreas de manglar desaparecieron en Guayas entre 2018 y 2022.
Además, 46% de esa pérdida ocurrió dentro del Sistema Nacional de Áreas Protegidas. En El Oro, la diferencia entre manglares y zonas acuícolas también resulta considerable. MapBiomas Ecuador registra 17,331 hectáreas de manglar frente a 26,818 destinadas a la acuicultura.
La Asociación de Cangrejeros 15 de Enero, responsable del cuidado de 3,330 hectáreas, asegura haber presentado 17 denuncias desde 2019 por presuntas talas y contaminación vinculadas con camaroneras.
Sin embargo, la Cámara Nacional de Acuicultura rechaza que sus empresas asociadas destruyan manglares o contaminen el agua. Su presidente, José Antonio Camposano, sostiene que deteriorar el recurso hídrico perjudicaría a la propia producción.
Las descargas también presionan los ecosistemas costeros
El problema no termina con la pérdida directa de árboles. Eduardo Rebolledo, investigador de la Universidad Católica de Esmeraldas, explica que las piscinas camaroneras pueden modificar la circulación natural del agua al interferir con el movimiento de las mareas.
En consecuencia, los manglares pueden perder parte del agua salobre y oxigenada que necesitan. Además, las descargas acuícolas pueden incorporar materia orgánica y nutrientes procedentes de alimentos, heces, fertilizantes y otros insumos.
Un estudio de 2023 de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador encontró más del doble de amonio y fósforo en aguas procedentes de granjas camaroneras que en aquellas cercanas a manglares saludables.
Asimismo, una evaluación de Seafood Watch estimó en 2021 que más de la mitad de los residuos producidos en piscinas camaroneras terminaban directamente en el ambiente.
Para las comunidades que dependen de estos ecosistemas, la degradación amenaza mucho más que los árboles. Los manglares sostienen especies acuáticas, actividades pesqueras y formas de vida vinculadas históricamente con los estuarios. Por ello, su conservación enfrenta el desafío de coexistir con una industria que se ha convertido en uno de los principales motores exportadores del país.