Una guardería de corales en Santa Marta convierte a pescadores en protectores del Caribe
Una guardería de corales en Santa Marta convierte a pescadores en protectores del Caribe

Una guardería de corales en Santa Marta convierte a pescadores en protectores del Caribe

En el fondo del mar Caribe, lejos del ruido de la superficie, un coral en forma de estrella se abre paso hacia una nueva oportunidad de vida. Sujetado a una estructura metálica dentro de una pileta de agua, el cervicornis, una de las especies más amenazadas de la región, forma parte de un ambicioso proyecto de restauración que une ciencia, comunidad y esperanza.

Desde Santa Marta, el Centro de Vida Marina ha logrado reproducir más de 50 mil corales en laboratorio y alcanzar una tasa de supervivencia superior al 80% en los trasplantes realizados durante los últimos cinco años. El esfuerzo no solo ha beneficiado al ecosistema, también ha transformado la vida de quienes hoy cuidan el arrecife.

Guardería de corales: ciencia que se cultiva bajo el mar

El programa Jardines de Coral se ha convertido en un referente nacional por su enfoque científico y comunitario. Hasta ahora suma 186,380 procesos de reproducción asexual y 58,848 corales trasplantados al mar, la fase final de crecimiento antes de integrarse al arrecife.

El proceso es completamente manual y delicado: los corales se fragmentan cuidadosamente, se fijan a armazones metálicos o bases de cemento y permanecen bajo vigilancia constante hasta que desarrollan pólipos y raíces suficientes para sobrevivir. Paralelamente, en laboratorios controlados, científicos reproducen las algas que sirven de alimento a los corales, una tarea silenciosa pero esencial para la restauración.

Del oficio de pescador al cuidado del arrecife

Stiven Cervantes es uno de los nueve pescadores que cambiaron las redes por el traje de buceo. Hoy es jardinero de coral y trabaja a 10 metros de profundidad cortando, fijando y monitoreando fragmentos durante meses. “Antes pensaba que el coral era una piedra. No sabía que era un animal”, cuenta.

Ese aprendizaje se ha extendido a sus familias y comunidades. Prácticas dañinas como el uso de redes fantasma han comenzado a desaparecer, y el respeto por las zonas coralinas crece entre quienes han vivido del mar por generaciones. Según Diana Tarazona, directora científica del proyecto, el conocimiento local ha sido clave: los pescadores interpretan corrientes, cambios climáticos y señales del ecosistema con una intuición que complementa la ciencia de laboratorio.

Además de la reproducción asexual, el centro monitorea el desove coralino, un fenómeno anual en el que millones de gametos son liberados en una sola noche. Estos eventos permiten estudiar la reproducción sexual y fortalecer la diversidad genética de los arrecifes, sumando nuevas estrategias de conservación.

El trabajo es urgente. Enfermedades, aumento de la temperatura del mar y presión turística han reducido drásticamente los arrecifes del Caribe. En Santa Marta, restaurar no significa volver al pasado, sino ganar tiempo: tiempo para que los corales crezcan, las especies regresen y las comunidades aprendan a cuidar el mar de otra manera.

La apuesta es a largo plazo. Los resultados más visibles se esperan en unos 15 años, cuando las nuevas generaciones hereden el cuidado del arrecife. David Luis Cervantes, de 10 años, ya lo tiene claro: “Quiero ser buzo de corales cuando sea grande”. En esa frase se resume el futuro que esta guardería de corales busca proteger.

Con información de El País.

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