Mucho antes de los satélites, los modelos climáticos y las cumbres internacionales, una mujer ya había entendido cómo funcionaba el calentamiento del planeta. Corría el año 1856 cuando Eunice Newton Foote, desde su casa en el noreste de Estados Unidos, llegó a una conclusión que hoy resulta alarmantemente vigente: una atmósfera con mayor concentración de dióxido de carbono sería más caliente.
Su hallazgo sentó las bases físicas del efecto invernadero. Sin embargo, su nombre quedó fuera de los libros de historia durante más de 150 años.
Eunice Newton Foote y la ciencia desde los márgenes
En el siglo XIX, la ciencia se consolidaba como institución, pero también decidía quién tenía derecho a producir conocimiento reconocido. Las mujeres podían aprender, pero no presentar investigaciones, ni pertenecer a sociedades científicas, ni exponer sus propios trabajos.
Eunice nació en 1819 y creció en ese contexto restrictivo. No accedió a universidades ni a laboratorios formales, pero eso no le impidió investigar. Desde su hogar, con herramientas sencillas y una curiosidad persistente, realizó experimentos que hoy se consideran pioneros.
Además de su interés científico, fue una mujer comprometida con su tiempo. Participó activamente en el movimiento sufragista y firmó la Declaration of Sentiments durante la Convención de Seneca Falls en 1848, convencida de que entender el mundo natural y transformarlo socialmente iban de la mano.
El experimento que anticipó el cambio climático
En su estudio Circumstances affecting the heat of the Sun’s rays, Foote comparó cómo distintos gases se calentaban al ser expuestos a la radiación solar. Usó cilindros de vidrio con aire, vapor de agua y dióxido de carbono, midió temperaturas y analizó resultados.
La conclusión fue clara: el dióxido de carbono retenía más calor que el aire común, y el vapor de agua intensificaba ese efecto. También advirtió que cambios en la composición de la atmósfera podían elevar la temperatura del planeta, una idea central del efecto invernadero moderno.
A pesar de su importancia, el trabajo no fue presentado por ella. En 1856, un colega leyó su investigación ante la American Association for the Advancement of Science, ya que Eunice no tenía permitido hacerlo. No hubo debate ni seguimiento, y su descubrimiento quedó en el olvido.
Años después, John Tyndall y Svante Arrhenius recibirían el reconocimiento histórico por estudios similares. La diferencia no fue el contenido, sino el lugar desde donde hablaban.
Un legado silenciado
No existen diarios ni memorias extensas de Eunice Newton Foote. Su rastro aparece fragmentado en artículos breves, patentes y registros de su activismo social. Ese vacío no es casual: es el reflejo de cómo la historia de la ciencia silenció a muchas mujeres del siglo XIX.
Hoy, su figura vuelve a cobrar relevancia. Recordarla es un acto de memoria científica y también una invitación a cuestionar cómo se construye el conocimiento. El cambio climático empezó a ser entendido mucho antes de lo que creemos, pero no todas las voces tuvieron permiso para ser escuchadas.
Eunice no buscaba fama ni reconocimiento. Buscaba comprender. Y, sin saberlo, ayudó a explicar uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo.
Con información de Meteored.